Casas de caridad

«¡Cuántas gracias que hemos recibido como pago por atender a los pobres! Las vocaciones son siempre resultado de todos los servicios que prestamos a Dios en los pobres» (p. Buela).

 

 

«Nuestro Instituto desea seguir las huellas del Verbo Encarnado, que viniendo a redimirnos del pecado, se compadeció aún de las heridas que éste causó en nosotros, dado que pasó por este mundo sanando a los hombres de sus miserias físicas y espirituales, con lo cual dio prueba fehaciente de su misericordia y de su amor al Padre» (Dir. Obras Misericordia, 11).
En la actualidad se atienden casas de caridad en Argentina, Brasil, Perú, Ecuador, Guyana, Italia, España, Egipto, Israel y Ucrania.
«Las ventajas que tienen las obras de misericordia para la concreción del Carisma del Instituto es algo manifiesto: permite corroborar con obras lo anunciado. En toda Parroquia del IVE se debería llevar adelante una obra de misericordia» (Dir. Obras Misericordia, 223).
«Resumiendo lo que debe ser nuestro espíritu en la práctica de las obras de misericordia llamadas “corporales”, recordamos la exhortación de la Madre Teresa: “no estamos aquí por el trabajo. Estamos por Jesús. Ante todo somos religiosos. No asistentes sociales, maestros, enfermeros, médicos. Servimos a Jesús en los pobres y todo esto que hacemos es por Él. Nuestra vida no tiene otro sentido. Ésta es una cosa que muchos no comprenden. Servimos a Jesús veinticuatro horas al día y Él nos da fuerzas. Lo amamos en los pobres y a los pobres con Él, pero siempre primero al Señor” » (Dir. Obras Misericordia, 145).
«Para nosotros Cristo se identifica misteriosamente con cada hombre. Dirá Él en el día del juicio: porque tuve hambre y me disteis de comer (Mt 25,35). Los pobres son Cristo: “representan el papel del Hijo de Dios” (San Vicente de Paul); los peregrinos son Cristo: “recíbaselos como al mismo Cristo” (San Benito); los niños son Cristo: el que los recibe a mí me recibe (Mt 18,5); en todo hombre está “Jesús oculto en el fondo de su alma” (Santa Teresita del Niño Jesús). Por eso decía San Agustín:
“en Él somos cristos y Cristo”» (p. Buela).