Autor: José Miguel Cejas | Fuente: interrogantes.net
La vocación de los hijos La edad. ¿Cuál es la edad de un hombre? Los calendarios, los relojes, las arrugas, las burbujas de champán de cada Nochevieja tejen cronologías extrañas que no coinciden con las fechas del alma. Cuando Dios llama Por eso, cuando Dios llama, ¡qué importa la edad! Dios llama siempre en la juventud, en la hora perfecta del amor. El primer barrunto suele experimentarse en la niñez o en la adolescencia: Teresa de Lisieux lo evoca en sus memorias: era una adolescente de quince años cuando un guardia suizo la tuvo que arrancar de los pies de León XIII, al que le insistía audaz y fervientemente que la dejase entrar a esa edad en el Carmelo. Pero no siempre es así: Alfonso de Ligorio se decidió a los veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional en el foro; San Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una vida azarosa y turbia; y San Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos años, tras una existencia aventurera y llena de peligros que le había puesto en una ocasión al pie de la horca. No existe una "edad perfecta" en la que llame Dios. Dios llama cuando quiere y como quiere. El Espíritu Santo, como señala Berglar, no parece demasiado preocupado por la partida de nacimiento. Por eso, nunca es demasiado tarde para corresponder a su llamada, porque vivir es siempre estar a tiempo. Porque para Dios no hay tiempo. Dios suele llamar en la juventud Pero el amor suele llegar en la juventud, y Dios, que es Amor, suele llamar en la juventud. La Virgen era una adolescente –¿catorce, quince, dieciséis años? Y San José debía de ser joven, por mucho que lo intenten envejecer pintores y escultores con el devoto pretexto de guardar la pureza de María. ¡Como si la juventud no supiese vivir limpiamente! ¡Como si no tuviésemos ya demasiados ejemplos tristes de la lubricidad de tantos ancianos! ¿Y Juan? El único apóstol que acompañó al Señor al pie de la cruz era un adolescente. Y luego, el resto de los apóstoles rebosaba juventud: rondaban todos la edad del Señor, que tenía treinta años. La iconografía nos los pinta solemnes, barbados, serios, y casi siempre ancianos. Pero la realidad fue muy distinta: los acompañantes de Jesús por los caminos polvorientos de Palestina estaban en la plenitud de la vida y muchos acababan de estrenar su juventud. La lectura del Evangelio deja ese sabor inconfundible, ese ardor, esa prisa alegre, esa vibración que sólo poseen los jóvenes.
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