Como ex-menor nunca se me ocurrió pensar en la no conveniencia del Menor. Acá aprendí a vivir, a vivir para Dios… Tenía todos los medios para poder vivir lo que la fe exige a todo cristiano y lo que la Voluntad de Dios pedía. Fuera del menor era todo debilidad y carencia de sentido; imposibilidad de moverse por falta de luz, de medios… Y eso que vengo de una familia rica en vida cristiana y humana.
Ahora, como sacerdote y tío1, la cosa cambió: al tener que aconsejar a almas que afectivamente nos son cercanas o que son padres buenos de chicos o chicas que manifiestan el deseo de consagrarse a Dios siendo aún adolescentes; al tener que aconsejarlos, digo, la cosa no es tan fácil. Sí comienzan a surgir las dudas: «¿conviene que deje la casa siendo tan chico?», «¿resistirá?», «¿no estará mejor con su familia que es bien cristiana?». Hice mía, por decirlo de algún modo, la incertidumbre de los padres que surge de querer el bien a los hijos y no ver bien lo que Dios quiere.
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