¿Por qué un Seminario Menor? ¿Es lo mejor?

      Como ex-menor nunca se me ocurrió pensar en la no conveniencia del Menor. Acá aprendí a vivir, a vivir para Dios… Tenía todos los medios para poder vivir lo que la fe exige a todo cristiano y lo que la Voluntad de Dios pedía. Fuera del menor era todo debilidad y carencia de sentido; imposibilidad de moverse por falta de luz, de medios… Y eso que vengo de una familia rica en vida cristiana y humana.

      Ahora, como sacerdote y tío1, la cosa cambió: al tener que aconsejar a almas que afectivamente nos son cercanas o que son padres buenos de chicos o chicas que manifiestan el deseo de consagrarse a Dios siendo aún adolescentes; al tener que aconsejarlos, digo, la cosa no es tan fácil. Sí comienzan a surgir las dudas: «¿conviene que deje la casa siendo tan chico?», «¿resistirá?», «¿no estará mejor con su familia que es bien cristiana?». Hice mía, por decirlo de algún modo, la incertidumbre de los padres que surge de querer el bien a los hijos y no ver bien lo que Dios quiere.
      
      Creo que a todo sacerdote más o menos apostólico le sucederá el tener que aconsejar a personas en estas circunstancias. Y también habrán padres que necesitan luz para este tema. Por eso, quiero referirme a cómo comprender qué es el Menor2 y qué bondad tiene: cómo juzgar bien acerca de la bondad y conveniencia3 del Seminario Menor.
      
      Por gracia de Dios, he podido comprender que hay dos modos de mirar la vocación y, por tanto, al Menor: humanamente y sobrenaturalmente.
      Sucede que la vocación es objeto de fe, lo mismo el Menor. No puede ser visto por los ojos humanos: estos se quedan cortos pues no ven el llamado, la Voluntad tan misteriosa de Dios respecto del joven en cuestión.
      ¡Muchas veces nos falta la fe para mirar la vocación y el Menor! Aunque nosotros mismos tengamos vocación… ¡el Menor es objeto de fe!
      
      Por eso -porque nos falta la fe-, se nos ocurren muchas razones de la inconveniencia del Menor. Comparémoslas con los juicios de fe: con lo que Cristo decía, dice y dirá.
      
Humanamente no conviene el Menor pues:
Sobrenaturalmente claro que sí, pues:
1. Es muy pequeña a esa edad la vocación. Hay poca comprensión de la vida que deberá llevar.
1. Hay que decir que esa pequeñez en realidad es la grandeza de una gracia mística. Hay una comprensión de la vida intensamente, compendiada; es vida infinita aunque vista con la oscuridad propia de la fe. Y está el deseo místico de aceptar esa infinitud, aunque se la vea oscuramente.
2. La vocación es muy frágil… ¡cuántas dudas y tentaciones!
2. ¿no son, acaso, las purificaciones que necesita la fe para hacerse más sólida? Luego de cada tentación pasada hay mayor luz y fuerza para seguir. Además con esto se humilla el alma, se somete a la voluntad de Dios no queriendo en nada apartarse de ella: se recuerda el Principio y fundamento4.
3. No se van a poder aprender y ejercitar las virtudes familiares: la piedad y obediencia de hijo.
3. En realidad aprende más las Virtudes Teologales, que son absolutamente necesarias para la perfección de toda virtud humana, y son las virtudes de la Familia suya. Es una experiencia común a todos que aprendemos a amar bien a nuestros padres una vez estando en el Menor: desde Dios Padre.
Cristo a los 12 años dijo «Debo ocuparme de las cosas de Mi Padre», ¿por qué el joven no?
4. «No aprenderá tanto como en nuestra casa… las virtudes que nosotros le podemos dar».
4. Sí las aprende y tiene más medios y más ocasión para la virtud (dirección espiritual, sermones, correcciones). Además se ejercita en la humildad por la vida comunitaria; sin la cual humildad toda virtud lleva a la vanidad, la soberbia, la jactancia, el desprecio del prójimo5. Vive mejor la parábola de los talentos: dar a Dios lo recibido.
5. Va a ser más inmaduro afectivamente, más inseguro… le faltará la contención de los padres.
5. La mayoría de los casos no