Los religiosos de nuestro Instituto han de vestir el santo hábito, que es signo de su consagración y testimonio de su pobreza.
El valor del hábito está dado “no sólo porque contribuye al decoro del sacerdote en su comportamiento externo o en el ejercicio de su ministerio, sino sobre todo porque evidencia en la comunidad eclesiástica el testimonio público que cada
sacerdote está llamado a dar de la propia identidad y especial pertenencia a Dios”. Los signos deben emplearse ahora más que nunca, “sobre todo en este mundo de hoy, que se muestra tan sensible al lenguaje de las imágenes… donde se ha debilitado tan terriblemente el sentido de lo sacro, la gente necesita también estos reclamos a Dios, que no se pueden descuidar sin un cierto empobrecimiento de nuestro servicio sacerdotal”. Este signo “para el religioso expresa su consagración y pone en evidencia el fin escatológico de la vida religiosa”. Amemos, pues, el hábito, que se nos debe hacer piel. Decía San Francisco de Asís que con la sola presencia del religioso vestido con su santo hábito ya se predicaba