«La misión que la Iglesia recibió por medio de los Apóstoles es una misión universal que no conoce confines y que concierne a la salvación en todos sus aspectos, de conformidad con la plenitud de vida que Cristo vino a traer. Ante todo, se da la actividad misionera que llamamos misión «ad gentes»; se trata de una actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca concluida. En efecto, la Iglesia “no puede sustraerse a la perenne misión de llevar el Evangelio a cuantos -y son millones de hombres y mujeres- no conocen todavía a Cristo, Redentor del hombre” (Christifideles Laici, 35)» (Dir. de Misiones «ad gentes» 61.62).