Un regalo de Dios

Autor: José Miguel Ceja | Fuente: interrogantes.net
Un regalo de Dios
Cuando los padres entienden que cada llamada es un privilegio, una prueba de confianza y de amor del Señor con esa persona y con su familia, aceptan con alegría esa nueva misión
 
 

Un regalo de Dios
Los padres suelen ser protagonistas decisivos de cada llamada y su actitud revela, a grandes rasgos, la asunción del ideal cristiano por las familias contemporáneas. Cada llamada es un don, un regalo de Dios, una razón de agradecimiento y un orgullo para los padres que han contribuido con su desvelo de años a que esa llamada germine y crezca. "No es un sacrificio, para los padres –se lee en Forja-, que Dios les pida sus hijos; ni, para los que llama el Señor, es un sacrificio seguirle. Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad" (Forja, n. 18). A lo largo de muchas generaciones, el mayor deseo de un padre era el de tener un hijo sacerdote o un hijo o una hija consagrada a Dios. Que continúe siendo éste vuestro deseo y vuestra plegaria"  JP II(Limerick, 1.X.1979).

Cuando los padres entienden que cada llamada es un privilegio, una prueba de confianza y de amor del Señor con esa persona y con su familia, aceptan con alegría esa nueva misión: la de ayudar a su hijos, mientras están en la tierra, a corresponder a su vocación y a perseverar en ella. Porque en un sentido amplio, la llamada de sus hijos también les compromete a ellos: Dios les llama a ser padres de un alma entregada a Dios.

Por esa razón, en gran medida, los hijos deben la vocación a sus padres: "El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara –escribe Teresa de Avila– si yo no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favoreció para ser buena".

Autor: José Miguel Cejas | Fuente: interrogantes.net
Resistencia a la entrega
Resistencia de los padres a entregarse ellos mismos, resistencia ante la entrega de sus hijos, resistencia a entregar sus hijos
 

Resistencia a la entrega
Por eso, no se entiende demasiado esta resistencia que se está extendiendo en algún ambiente ante la entrega de los jóvenes, a los que se considera inmaduros para la entrega. "Os escribo a vosotros, jóvenes –escribe San Juan en el atardecer de su vida–, porque sois fuertes" (1 Jn 25–27). Porque esta resistencia –resistencia de los padres a entregarse ellos mismos, resistencia ante la entrega de sus hijos, resistencia a entregar sus hijos–, como otros muchos rasgos de nuestra sociedad, resulta contradictoria y paradójica.

Uno de los grandes problemas de la sociedad contemporánea es la delincuencia juvenil. Las bandas terroristas están compuestas también en su mayoría por jóvenes, en ocasiones casi adolescentes. El negocio de la droga y del sexo cuenta con los jóvenes –y con los niños– como fuente de ingresos. La prensa recoge con dolorosa frecuencia noticias en este sentido. En algunos países se da el triste espectáculo de madres–niñas, de jóvenes que viven solos a los quince años, frutos del divorcio y de un sentido de la independencia mal asimilado. Y sin embargo, en muchos de esos países se ha creado un fuerte flujo de opinión negativa –en el que se refugian tantos– que considera que la edad en la que los programas oficiales estimulan a la juventud a las relaciones sexuales prematrimoniales, y en la que se les juzga capaces de todas las aberraciones humanas, es, paradójicamente, una edad en la que se encuentran "psicológicamente inmaduros para la entrega".

Quizá esa actitud encuentre su explicación, en parte, en algunos rasgos y condicionantes de nuestra sociedad contemporánea. El menor número de hijos de tantas familias contemporáneas lleva en ocasiones a una sobreprotección de "la parejita": una sobreprotección que conduce, de la mano del egoísmo que ha hecho limitar tantos nacimientos, al egoísmo de considerar que la vida entera de los hijos debe ser para los padres. Y cuando Dios pide