Valores perennes de la doctrina y del método de Santo Tomás

LUMEN ECCLESIAE
CARTA DEL SUMO PONTIFICE
PABLO VI

 La figura del Aquinate desborda el contexto histórico y cultural en que se movió, situándose en un plano de orden doctrinal que trasciende las épocas históricas transcurridas desde el siglo XIII hasta nuestros días. Durante esos siglos la Iglesia ha reconocido la importancia y el valor perenne de la doctrina tomista, especialmente en algunos momentos señalados, como en los Concilios Ecuménicos de Florencia, de Trento y Vaticano I, con ocasión de la promulgación del Código de Derecho Canónico, y en el Concilio Vaticano II, del que luego volveremos a hablar.

 

 
Además, nuestros predecesores y nosotros mismos, hemos afirmado repetidas veces la autoridad de Santo Tomás. No se trata —quede bien claro— de un conservadurismo a ultranza, cerrado al sentido de evolución histórica y medroso ante el progreso, sino de una opción fundada en razones objetivas e intrínsecas a la doctrina filosófica y teológica del Aquinate, que nos permiten ver en él a un hombre, deparado, por superior designio, a la Iglesia, el cual, con la originalidad de su trabajo creador, imprimió una trayectoria nueva a la historia del pensamiento cristiano y principalmente de las relaciones entre la inteligencia y la fe.
 Para resumir aquí brevemente las razones a que hemos aludido, recordaremos ante todo el realismo gnoseológico y ontológico, que es la característica primera y principal de la filosofía de Santo Tomás. Podemos definirlo también como realismo crítico, pues estando vinculado a la percepción sensible y por tanto a la objetividad de las cosas, proporciona el sentido verdadero y positivo del ser. Este realismo posibilita una elaboración mental ulterior que, aun universalizando los datos del conocimiento sensible, no se aleja de ellos dejándose arrebatar por el torbellino dialéctico del pensamiento subjetivo, para terminar casi fatalmente en un agnosticismo más o menos radical. Primo in intellectu cadit ens, dice el Angélico en un pasaje famoso. En este principio fundamental estriba la gnoseología de Santo Tomás, cuya mayor novedad consiste en la equilibrada valoración de la experiencia sensible y de los datos auténticos de la conciencia en el proceso cognoscitivo, que, sometido a reflexión crítica, es el punto de arranque de una sana ontología y en consecuencia de todo el edificio teológico. Por eso se ha podido definir el pensamiento de Santo Tomás como la filosofía del ser, considerado tanto en su valor universal, como en sus condiciones existenciales; igualmente es sabido que a partir de esta filosofía, el Aquinate se remonta a la teología del Ser divino, cual subsiste en sí mismo y cual se revela en su Palabra y en los eventos de la economía de la salvación, especialmente en el misterio de la Encarnación.
Nuestro predecesor Pío XI alabó este realismo ontológico y gnoseológico, en un discurso pronunciado a los jóvenes universitarios, con estas significativas palabras: “En el Tomismo se encuentra, por así decir, una especie de Evangelio natural, un cimiento incomparablemente firme para todas las construcciones científicas, porque el Tomismo se caracteriza ante todo por su objetividad; las suyas no son construcciones o elevaciones del espíritu puramente abstractas, sino construcciones que siguen el impulso real de las cosas... Nunca decaerá el valor de la doctrina tomista, pues para ello tendría que decaer el valor de las cosas”.
 Una filosofía y una teología de esta índole son posibles gracias al reconocimiento de la capacidad cognoscitiva del entendimiento humano, fundamentalmente sano y dotado de un cierto gusto del ser; en efecto, el entendimiento tiende a ponerse en contacto con el ser en toda experiencia, pequeña o grande, de la realidad existencial, para asimilarla plenamente y remontarse así a la consideración de las razones y causas supremas que la explican definitivamente.
Ciertamente Santo Tomás, como filósofo y teólogo cristiano, descubre en todos y cada uno de los seres una participación del Ser absoluto, que crea, sostiene y con su dinamismo mueve ex alto todo el universo creado, toda vida, cada pensamiento y cada acto de fe.
Partiendo de estos principios, el Aquinate, mientras exalta al máximo la dignidad de la razón humana, ofrece un instrumento valiosísimo para la reflexión teológica y al mismo tiempo permite desarrollar y penetrar más a fondo en muchos temas