La hermosura y los bienes de la vida fraterna en común son mucho más grandes que las dificultades que conlleva: ¡Oh cuán bueno y cuán dulce es el vivir los hermanos unidos! (Sal 133,1).
Es justamente por la vida fraterna por la que nos mostramos, unidos en Cristo: todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gal 3,8), como una familia religiosa peculiar y debe realizarse de tal manera que sea para todos una ayuda mutua en el cumplimiento de la propia vocación personal. Por la comunión fraterna118 enraizada y fundamentada en la caridad, los miembros han de ser ejemplo de la reconciliación universal en Cristo, digamos, que hemos de ser como “una Iglesia doméstica”.
Esencia
En nuestras comunidades debemos tratar de vivir lo que es la esencia del Reino que Jesucristo vino a inaugurar en la tierra: El Reino de Dios… es justicia, alegría y paz en el Espíritu Santo (Rom 14,17). Cosas éstas que se identifican con la santidad,
que es lo que, en última instancia, hace que nuestras comunidades sean auténticas. Cuando no existe no hay ley, ni Superior, que pueda evitar la disgregación, como decía San Pío X: “Donde falta la santidad, inevitable es que entre la corrupción”
Justicia
Queremos que la justicia, que da a cada uno lo suyo, a Dios latría, al superior veneración y obediencia, al igual respeto, al inferior servicio, a todos –según medida– caridad, esa virtud tan hermosa, que ni el lucero de la mañana ni el vespertino pueden serle comparados en belleza, resplandezca en nuestras comunidades. Dice el Papa Juan Pablo II que para San Gregorio VII la justicia es “el orden de Dios en el mundo; ella comporta que todas las cosas humanas, desde las más pequeñas hasta las más grandes, estén ordenadas según la voluntad y la ley de Dios, que el hombre no sea deformado por el pecado, sino plasmado a imagen de Dios”
Alegría
De tal modo debería vivirse la caridad fraterna que al ver nuestra vida se dijese: “¡Mirad cómo se aman entre sí y cómo están dispuestos a morir unos por otros!”124, o, como también se decía de los primeros cristianos, “se aman aún antes de conocerse”.Y no se crea que esto es una utopía, que muchas veces ya hemos escuchado expresiones parecidas. Debemos tener el firme propósito de salvar siempre la caridad, a pesar de que pueda haber falsos hermanos126, que se entrometen para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús (Gal 2,14), que parecen estar con nosotros, pero que no son de los nuestros127. ¡La caridad no morirá jamás! (1 Cor 13,8). De cada uno de nosotros debería poder hacerse la biografía reemplazando la palabra “caridad” por nuestro nombre en el himno de San Pablo a los Corintios, donde describe con dos características generales, ocho notas negativas y cinco positivas, lo que debe ser el amor fraterno: El amor es longánime, es benigno; no es envidioso, no es jactancioso, no se hincha, no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia; se complace en la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo tolera, todo lo espera (1 Cor 13,4-7). “El amor es formalmente la vida del alma, como el alma es la vida del cuerpo”
La paz
Respecto a la paz, es también fruto del Espíritu Santo y efecto de la caridad, porque por ella ordenamos a Dios todos nuestros afectos, y este orden implica la paz. Las almas disipadas no se dejan guiar por el Espíritu Santo, ni viven, por tanto, en la paz de Cristo. Esta paz es uno de los tantos beneficios que Nuestro Señor trajo al mundo, y es efecto de su Pasión redentora: quiso el Padre… reconciliar por Él consigo todas las cosas… haciendo la paz por la sangre de su Cruz con todos los seres, así del cielo como de la tierra (Col 1,19-20).