Nuestro Señor, Camino que debemos seguir y ejemplo que debemos imitar, siendo rico se hizo pobre por amor vuestro, para que fueseis ricos por su pobreza (2 Cor 8,9). Y en su predicación nos enseña: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos (Mt 5,3), y para quien quiera alcanzar la perfección invita: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el Cielo, y ven y sígueme (Mt 19,21).
Esta pobreza evangélica consiste en el abandono voluntario de las riquezas y de los bienes exteriores de este mundo con el fin de buscar únicamente a Dios. Es, en palabras de San Jerónimo, “seguir desnudo a Cristo desnudo”.
Pero la perfección de la pobreza evangélica no reside simplemente en la mera carencia de riquezas o bienes materiales (pobreza efectiva), sino en el desprendimiento y desapego voluntario de las mismas (pobreza afectiva): Todo lo tengo por pérdida a causa del sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo lo sacrifiqué y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo (Flp 3,8).
El consejo evangélico de pobreza, a imitación de Cristo, implica una vida pobre de hecho y de espíritu, esforzadamente sobria y desprendida de las riquezas terrenas, y lleva consigo la dependencia y la limitación en el uso y disposición de los bienes, según las Constituciones. Gracias a esta renuncia a los bienes temporales, el voto de pobreza81 se vuelve un culto incesante a la divina Providencia, ya que se tiene la certeza de que “el peligro corporal no amenaza a aquellos que, con la intención de seguir a Cristo, abandonan todas sus cosas, confiándose a la divina Providencia”. Aquel Padre lleno de bondad que se ocupa de los pájaros y de las flores del campo, no abandonará a los que con tanta confianza se entreguen a Él.