El voto de castidad

Imitando a Jesucristo, que habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13,1), mediante el voto de castidad queremos ofrecer a Dios el holocausto de nuestro cuerpo y de todos nuestros afectos naturales, viviendo “la obligación de la continencia perfecta en el celibato”75. Implica una elección preferencial del amor exclusivo a Dios, ya que libremente hemos elegido ser de los eunucos que a sí mismos se han hecho tales por amor del reino de los cielos (Mt 19,12).

 Esta virginidad, que es ante todo del corazón, nace de la caridad y a ella se ordena, a fin de poder cumplir con la máxima perfección el supremo mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22,37). Por ello el voto de castidad permite al religioso estar totalmente libre para tender a Dios, puesto que cuida de las cosas del Señor, buscando cómo agradar a Dios (1 Cor 7,32), ofreciendo su cuerpo como hostia viva, santa, agradable a Dios (Rom 12,1). Este voto de castidad, plenamente vivido, es lo que constituye la pureza triunfal, que tiende con todas sus fuerzas a Dios, sacrifica gozosamente sus afectos carnales entregándose a Jesucristo y a Él ordena todos sus amores. Fruto de esta consagración es un señorío sobre todas las cosas, junto con una voluntad libérrima, pronta para agradar sólo a Dios.

“Sólo el amor de Dios llama en forma decisiva a la castidad religiosa. Este amor exige imperiosamente la caridad fraterna, que el religioso vivirá más profundamente con sus contemporáneos en el Corazón de Cristo… Siendo decididamente positiva, la castidad atestigua el amor preferencial hacia el Señor y simboliza de la forma más eminente y absoluta el misterio de la unión del Cuerpo Místico a su Cabeza, de la Esposa a su eterno Esposo. Finalmente, ella alcanza, transforma y penetra el ser humano hasta lo más íntimo mediante una misteriosa semejanza con Cristo”